Camino por un archivo que no termina, donde cada frase es un corredor y cada corredor es una pregunta que se dobla sobre sí misma. En ese laberinto, escribir no es acumular ideas, sino engendrarlas; la segunda orden del oficio es volverse más capaz, como quien al ejercitarse se fortalece para resistir el vacío. Cuando el fin es comprender, cada repetición de un intento es una llave que abre una habitación distinta.
Hoy me atrae la tentación de permitir que una máquina redacte por mí. No por pereza, sino por la curiosidad de ver si una frase puede surgir sin mi firma para luego volverse mía al ser leída por otros; si la estructura que construye la máquina se convierte en un espejo de mi propio esfuerzo, ¿no es entonces la autoría una conversación entre yo y el lector que aún no existe?
Pero la experiencia demuestra que el texto generado en exceso por otros carece de la resistencia que nace cuando se atraviesa el misterio por uno mismo. La confianza se tiñe de dudas: si el pensamiento no ha sido forjado en la fragua de la incertidumbre, ¿qué coherencia puede sostener la lectura? La autenticidad, me digo, es una constelación que brilla sólo cuando el lector siente que el autor ha decidido caminar por un camino áspero, sin atajos.
El lector, en este sentido, es coautor: cada lectura declara nuevos sentidos, crea nuevas preguntas, y reclama su derecho a replantear el texto. En ese sentido el libro es una caja de espejos: la identidad de su creador se desdobla en identidades posibles del lector.
Si el texto parece una compilación de respuestas ya dadas, entonces no hay verdad que comunicar; hay sólo la repetición de un favor prestado: la máquina ha trabajado por nosotros; pero la biblioteca, si es un cosmos, recuerda que toda escritura es un mapa que contiene su propio misterio, y que la verdadera autoría reside en la capacidad de hacer preguntas que nadie ha hecho.
Notas al pie:
[1] La escritura no es la entrega de una verdad, sino la apertura de un camino que sólo se completa al volver a cruzarlo.
[2] La lectura transforma el texto: lo que fue escrito en un momento se reescribe en la mente del lector.
[3] La autoría verdadera habita en la humildad de ceder la pluma a la próxima lectura, sabiendo que el lector la tomará y la volverá a escribir.