Huir hacia adelante

Huir hacia adelante

Hay una expresión que me acompaña desde hace un tiempo: huir hacia adelante. El oxímoron es la clave. Huir debería significar alejarse del peligro, retroceder, ponerse a salvo. Pero acá el sujeto escapa avanzando: corre hacia exactamente lo que le da miedo. La expresión viene del lenguaje militar — cuando la retirada equivale a la muerte, la única jugada que queda es la carga. A veces funciona. A veces destruye.

Yo conocí esta frase en un contexto menos épico y más cotidiano: el de las decisiones que uno posterga. El proyecto que debería cancelarse y no se cancela. La conversación que debería tenerse y se posterga. El trabajo que ya no suma y sigue, igual, porque parar implicaría reconocer los meses perdidos. La frase tiene aquí su lectura más cruel: seguir avanzando no por coraje, sino porque detenerse tendría un costo que uno no está dispuesto a pagar. Costo hundido con piernas.

Pero hay otra huida hacia adelante, y es la que más me interesa.

La otra dirección

Se da cuando lo que arriba es incómodo por vaticinado: sabés lo que viene, lo conocés de sobra, lo podés recitar de memoria. Y el avance, en ese contexto, no es obstinación: es la única manera de escapar del guion.

Dije guion porque a esto lo pienso desde una decisión concreta: la de construir una vida más lenta, más deliberada, en un ambiente que escupe la fórmula contraria. Nos toca vivir rodeados de una cultura que premia el ruido: la timba, el estatus en redes, la carrera corporativa como única narrativa disponible. Salirse de esa carrera no es quedarse quieto — es huir hacia adelante en sentido literal: correr hacia una vida que en el ambiente se mira raro.

Las señales de parada existen también ahí: "en unos años te vas a arrepentir", "estás perdiendo tiempo para escalar", "todos hacen esto". Si uno aprende a leerlas como señales, la retirada es inmediata. Pero el guion es revocable: hacia adelante significa precisamente no darle la vuelta a esa página.

Un escritor lo convirtió en método literario — escribir sin revisar, dejar que el propio avance genere lo que el plan no puede prever. Yo la leo como método de vida: la misma operación aplicada a otra materia. No revisar cada paso para confirmar si el guion estaba bien — porque el guion no lo escribís vos.

El truco final

La frase tiene una asimetría cruel: el mismo acto recibe dos nombres según el desenlace. Si funciona, fue audacia. Si no, fue terquedad. Y no hay forma de saberlo antes de que termine — lo que quiere decir que quien decide va a ser juzgado con información que, al momento de decidir, no existía.

A mí esa crueldad no me desanima: me libera. Si el juicio depende del final, entonces el único parámetro que controlás es la dirección. Elegir dónde apuntar la huida — hacia el guion que otros esperan, o hacia adelante, donde la vida que querés está — es la única decisión que verdaderamente es tuya.

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